La Zalzera emocionó con “Sobre Cáscaras y Colibríes”, una noche de memoria y silencio

A 50 años del golpe militar, el Salón Guerrico se llenó de silencio, de emoción y de memoria. En el marco del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, la Dirección de Cultura de San Antonio de Areco, encabezada por Victoria Sforzini, volvió a apostar al teatro independiente como herramienta de reflexión colectiva, presentando la obra “Sobre cáscaras y colibríes”, del grupo La Zalzera, con dirección de Silvio Menconi.

La sala colmada fue el primer signo de que la memoria sigue viva. Pero fue la puesta en escena la que terminó de confirmar que el teatro todavía tiene la capacidad de incomodar, de interpelar y de hacer sentir en carne propia los momentos más oscuros de nuestra historia.

La obra reconstruye, desde distintos lenguajes, la atmósfera de la última dictadura militar argentina. La oscuridad del salón por momentos envolvió al público como metáfora de aquella etapa, mientras escenas, lecturas y música fueron atravesando temas como la represión, las desapariciones, la crisis económica y también el Mundial 78, que mantuvo distraída a gran parte de la sociedad mientras el horror avanzaba en silencio.

El resultado fue contundente: un silencio absoluto, cargado de emoción, con el dolor a flor de piel.

El director y actor Silvio Menconi explicó que la obra se construyó de manera colectiva.

“Desde la dramaturgia me acompañó Marco Falivene, y utilizamos textos de Juan Gelman, de Calderón de la Barca y de León Ferrari. También participaron en escena Ana María Smithalther, Mirta Molinari y Natalia Menconi, actrices con las que venimos trabajando desde hace muchos años”.

Las palabras elegidas para la puesta no fueron casuales.

Los textos de Juan Gelman atravesaron la obra con el peso de quien escribió desde el dolor real: la dictadura le arrebató a su hijo y a su nuera, y su poesía quedó marcada para siempre por la ausencia, la búsqueda y la necesidad de justicia.

También aparecieron fragmentos de Calderón de la Barca, que desde otro tiempo y otra historia habla del poder, del destino y de la libertad, recordando que las preguntas sobre la autoridad y la obediencia no pertenecen a una sola época.

A eso se sumaron textos de León Ferrari, artista que convirtió su obra en una denuncia constante contra la violencia y el autoritarismo, y que también tuvo que exiliarse durante la dictadura argentina. Sus palabras, como sus imágenes, incomodan, sacuden y obligan a mirar.

En escena, todas esas voces se mezclaron con testimonios, lecturas y escenas que fueron construyendo un clima cada vez más intenso.

Un poema nacido de la valentía

Uno de los momentos más conmovedores de la noche fue la interpretación de un poema escrito por Mabel Fernández, docente que lo creó en plena dictadura luego de ser reprendida por hablar con sus alumnos sobre lo que estaba ocurriendo en el país.

Según relató Menconi, el texto nació como una descarga emocional después de aquel episodio:  “Ella misma decía que llegó a su casa y vomitó ese poema, como una forma de sacar todo lo que estaba pasando. El final, cuando pregunta qué haríamos si volvieran a callarnos, fue sublime”.

Uno de los hallazgos de la obra fue romper la ficción en ciertos momentos para que los actores dejaran el personaje y leyeran de frente al público, con micrófono en mano.

“Quise que los actores miraran a la gente a los ojos, que los interpelaran, que los invitaran a pensar. Hay discusiones que ya no se tendrían que estar dando”, dijo Menconi.

En tiempos donde vuelven a escucharse discursos negacionistas, la obra se convirtió en algo más que un espectáculo: fue un acto de memoria.

Una sala llena, una memoria viva

Que el Salón Guerrico haya estado lleno no fue un dato menor. Fue una señal de que la memoria sigue siendo necesaria, y de que el arte todavía tiene un lugar central para pensar el pasado y el presente.

La apuesta de la Dirección de Cultura por el teatro independiente volvió a demostrar que la cultura no es solo entretenimiento, sino también conciencia, reflexión y compromiso.

Y en una noche cargada de historia, el silencio del público fue la prueba más fuerte de que lo que pasó en el escenario no fue solo teatro.
Fue memoria viva.

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