Martha Roldán se entregó este 6 junio, cuando su cuerpo cansado pudo más que su voluntad

Nacida pampeana, la mayor de cuatro hermanos, una asesinada otro suicidado, salió de la escasez de un taller mecánico en la ruta 8 rica en esperanzas. Obra de la desdicha, arribó a la inhóspita Buenos Aires empecinada en cumplir el sueño de servir al prójimo. En 1965 se subió a la universidad a pura vocación y coraje criollo y en 1972 fue lo que quiso Ser: Médica, así, con mayúsculas.

Peronista y revolucionaria por cuestión de clase, por sentimiento cristiano, por convicción militante, por heroísmo combatiente, puntal de la fundación e impulso de las Juventudes Argentinas por la Emancipación Nacional, JAEN, e inspiración del Consejo Provisorio de la JP hacia 1973 no le faltó tiempo ni valor para ser la principal dirigente de la Agrupación Evita en la provincia de Buenos Aires. Se recuerda aún la intensidad de su oratoria, que culminó, ya al borde de la clandestinidad, en1974 junto a Roberto Quieto en el acto de recordación del renunciamiento de Evita. Pero cuando la ciudad de La Plata se convirtió en un escenario luctuoso encontró refugio y solidaridad en Bernal, hasta que con su hija Soledad en un canasto de pan consiguió escapar de un rastrillaje criminal. Y en abierto desafío al destino que le propiciaba el terrorismo de Estado regresó a su solar natal en San Antonio de Areco. Allí, en las épocas del horror genocida, milagrosamente, o tal vez gracias a piadosas relaciones, recuperó su profesión: médica de pueblo, de esas que siempre sin preguntar están dispuestas a atender desde un parto hasta una puñalada. Fue la primera ginecóloga de Areco, terruño que sembró con hijos de madres de todas las edades y condición social. Sus mayores enemigos fueron entonces el alcoholismo de su entorno y la miseria, que habitualmente van juntos. Vivió allí su sueño profesional sin dejar de sentir culpas que no eran suyas y de arrepentirse de tanta muerte de militantes desaparecidos y asesinados que ella había reclutado para la política.

La muy modesta doctora Roldán nunca quiso figuración, aunque murió ayer en el Emilio Zerboni, hospital donde más de una vez la homenajearon los que conocieron su misión redentora.

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