Ajuste con nombre propio: los chicos del Garrahan y el veto que castiga a todos

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Nota de la Redacción

Publicamos en tapa dos notas que dialogan entre sí: una sobre el veto universitario y otra sobre la emergencia sanitaria en pediatría. Decidimos separarlas porque entendemos que cada tema merece un análisis profundo. No son hechos aislados: ambos forman parte de un mismo modelo político que ajusta donde más duele, en la educación y en la salud públicas.

 

Desde que asumió, el gobierno de Javier Milei aplicó un ajuste que golpea en las áreas más sensibles. Tras la derrota electoral, en lugar de revisar su rumbo, redobló la apuesta con medidas que castigan a quienes menos tienen. En esta nota jerarquizamos lo urgente: la salud de los chicos que dependen del Hospital Garrahan así como lo hicimos veto universitario forma parte del mismo proyecto de desguace del Estado.

Cada año, el Hospital Garrahan recibe a miles de niños y niñas de todo el país. Llegan desde Areco, desde el Litoral, desde la Patagonia, desde el Noroeste. Llegan porque en sus provincias no hay recursos suficientes, porque sus vidas dependen de la alta complejidad. 

Los casos que vamos a enumerar muestran que el Garrahan no es un hospital más: es la columna vertebral de la salud infantil en Argentina, donde llegan miles de chicos desde todos los rincones del país. Y cada demora presupuestaria, cada recorte o veto, se traduce en más rifas y colectas, más familias quebradas por un Estado que debería estar presente.

C.R. (9) – San Antonio de Areco
Catalina padece hipertensión pulmonar primaria. Su tratamiento cuesta 40 millones cada mes e incluye fármacos como Selexipag, Bosentan y Tadalafilo. Depende del Garrahan para su seguimiento, pero la entrega de medicamentos está cruzada por amparos, trámites interminables y rifas. Su madre lo dice sin rodeos: “No sabés lo que es el Garrahan adentro, es tristísimo entrar. Está desahuciado. Los están dejando morir. Eso es lo que quieren. Que mueran, porque son un gran número de millones para el Estado”.

L.G. (7–10 años, Concepción del Uruguay, Entre Ríos)
Padece presión endocraneana / intracraneal. Está internado en el Garrahan para controles y posibles intervenciones. Su familia organizó rifas y colectas para pagar traslados y estadías mientras dure el tratamiento.

M.S. (6 años, Río Grande, Tierra del Fuego)
Nació con una cardiopatía congénita compleja. Para acceder a estudios y tratamientos debe viajar más de 3.000 km hasta Buenos Aires, ya que en la provincia no hay recursos suficientes. La familia depende de colectas y bonos contribución para costear estadías y traslados.

L.P. (7 años, Santiago del Estero)
Con diagnóstico de leucemia linfoblástica aguda, requiere controles permanentes en el Garrahan y quimioterapias que no se pueden realizar en su provincia. Sus padres venden alimentos en ferias barriales para pagar viajes y alquiler en Buenos Aires.

A.G. (5 años, Chaco)
Diagnosticada con atrofia muscular espinal (AME), necesita medicación de altísimo costo y terapias que solo el Garrahan puede coordinar. Su tratamiento depende de amparos judiciales. La comunidad organiza bingos solidarios para cubrir gastos de traslado y rehabilitación.

T.M. (8 años, Mendoza)
Vive con insuficiencia renal crónica y espera un trasplante. Viaja periódicamente al Garrahan para diálisis y controles. La familia se mantiene con ayuda de vecinos que organizan rifas y colectas para sostener estadías prolongadas en la Capital.

M.B. (13) – Mar del Plata
Mailén convive con una neurofibromatosis múltiple que le provoca tumores, uno de ellos maligno. Para sostener su tratamiento, la familia rifó su auto. El Garrahan aparece como referencia obligada en un camino marcado por costos que ninguna familia puede afrontar sola.

O.C. (13) – Córdoba
Internada en el Hospital de Niños y con derivación a Buenos Aires, su familia organizó una rifa para comprar insumos y costear viajes. La historia se repite: donde el Estado no llega, la solidaridad de vecinos intenta sostener lo insostenible.

Nombres con iniciales que, en realidad, son cien, mil o diez mil. Porque en cada pasillo del Garrahan se escucha la misma pregunta de madres y padres agotados: ¿cuánto más vamos a resistir sin un Estado que cumpla con su obligación de cuidar la vida?

Recordemos que el Congreso aprobó la Emergencia Sanitaria en Pediatría y Residencias de Salud por dos años. La norma asigna fondos para medicamentos, insumos críticos, recomposición salarial y exenciones impositivas al personal de guardia. Es un intento por salvar a hospitales desbordados como el Garrahan.

Pero el oficialismo la vetó, igual que hizo con la ley universitaria. El argumento es el mismo: el “costo fiscal”. La consecuencia también: más abandono en áreas donde está en juego la vida.

Espejito, espejito: el mismo patrón que con las universidades

Así como se desfinancia la universidad con tecnicismos presupuestarios, ahora se busca frenar una ley de emergencia pediátrica que intenta salvar hospitales como el Garrahan. En ambos casos, la respuesta oficial no atiende la crisis de fondo, sino que insiste en ajustar donde más duele.

En Areco, la discusión adquiere un matiz particular. El intendente Francisco Ratto, docente de la UBA y defensor declarado de la educación pública, selló una alianza con La Libertad Avanza, la fuerza que encarna el desguace del Estado.

Su lista local estuvo integrada por trabajadores de la educación, de la salud pública y referentes comunitarios que lo acompañaron desde sus primeras gestiones. Gente querida y respetada en Areco. ¿Todo vale para ganar una elección, incluso contradecir el propio discurso y usar como decorado electoral a quienes después quedan en la primera línea del ajuste?

La contradicción es evidente: aliarse con quienes prometen “dinamitar el Estado” mientras se rodea de quienes lo sostienen todos los días en escuelas y hospitales.

El ajuste tiene nombre y rostro. Son los chicos que esperan medicamentos en el Garrahan, las familias que organizan rifas para costear viajes, los docentes que ven sus salarios licuados y los jubilados que vuelven a ser castigados.

No hay autocrítica tras la derrota electoral: hay revancha y crueldad. Bien vale la pena reiterar que cada vez que se ponen sobre la mesa estas contradicciones, el poder prefiere atacar a la prensa antes de hacerse cargo de sus propios fracasos.

 

 

 

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