Los pibes que le ganaron al agua: No son de cristal, Son de fuego

por Camila Pannunzio

Mientras el agua avanzaba sin pedir permiso por calles, veredas, casas y recuerdos, algo extraordinario empezaba a suceder en San Antonio de Areco. No lo organizó ninguna autoridad. No salió por la tele. No lo pautaron ni lo condujeron. Fue un movimiento espontáneo, visceral, lleno de entrega. Y nació de esa generación a la que muchos insisten en llamar “de cristal”.

Los verdaderos héroes de estas inundaciones tienen entre 15 y 25 años. No usan capa. Usan buzos con capucha, zapatillas embarradas y ojos con ojeras de no dormir. Mientras algunos adultos publicaban que “no se puede hacer nada”, estos pibes salieron a hacer todo.

Repartieron comida caliente cuando nadie podía cocinar. Se juntaron a limpiar casas que no eran suyas, con trapos, palas y voluntad. Recibieron donaciones en garajes y cocinas improvisadas. Cargaron camionetas. Fueron casa por casa llevando bidones de agua, artículos de limpieza, mercadería. Hubo quienes prestaron su alias de Mercado Pago para juntar plata, y no para irse de viaje o comprarse ropa, sino para ir al supermercado a comprar detergente, guantes, lavandina. Porque sabían que, en algún barrio, alguien lo necesitaba urgente.

Volvían a casa con las manos heladas, la ropa mojada, el cuerpo agotado. Pero en la cara les quedaba algo más: una especie de orgullo silencioso, una sonrisa distinta, limpia, como si en medio del barro hubieran encontrado un sentido. En los barrios, vecinos sorprendidos abrían la puerta y veían a esos chicos aparecer con escobas, trapos y palas. No preguntaban mucho. Solo entraban y empezaban a ayudar. A veces no decían ni una palabra. Solo actuaban. Se los veía llegar a primera hora, sin que nadie los llamara, como si supieran instintivamente dónde hacía falta un gesto.

Y entonces nos preguntamos: ¿dónde está esa generación perdida de la que tanto se habla? ¿Qué se perdió? ¿A qué le llaman perderse? Porque si es en el barro donde se revela el alma, entonces estos chicos y chicas son la generación más viva que tenemos. Se pusieron la inundación al hombro, con coraje, con ternura, con organización.

En lugar de quedarse “calentitos jugando a la play” ellos eligieron la intemperie, el cansancio, el dolor de otros. Eligieron ser parte de la solución. Eligieron no mirar para otro lado.

Y no lo hicieron por una nota, ni por una selfie. Lo hicieron porque sí. Porque están hechos de otra fibra. Una que no se rompe con el agua, sino que florece en ella.

Por eso, hoy no escribimos para contarte lo que el agua se llevó. Escribimos para contarte lo que el agua dejó: una certeza. Que hay una generación que no solo no está perdida, sino que nos está encontrando a todos.

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