Educar también es aprender a frustrarse: Proyecto E cerró su ciclo de formación docente
¿Está mal que un chico se frustre? ¿Qué hacemos frente a un berrinche? ¿Cuánto tiempo de pantalla es demasiado? ¿Pueden niños y adolescentes regular solos el uso de la tecnología? Esas preguntas atravesaron el cuarto y último Encuentro de Formación Docente de Proyecto E, que cerró su ciclo 2026 con la especialista Silvia Figiacone. A lo largo de las cuatro jornadas participaron 197 docentes de manera voluntaria.
Proyecto E cerró este miércoles en el Museo Las Lilas su ciclo 2026 de formación docente con un tema que atraviesa las aulas, pero también las casas: las habilidades socioemocionales.
El cuarto encuentro, titulado “Habilidades socio-emocionales: construyendo las bases desde el nivel inicial hasta secundaria”, estuvo a cargo de Silvia Figiacone, directora de NeuroEduca y de la Maestría en Neuropsicología Aplicada del Hospital Italiano.
Era, además, el eje que faltaba para completar el recorrido propuesto este año por Proyecto E.
“Las habilidades socioemocionales predicen el rendimiento en otras áreas”, explicó Figiacone al hablar de la importancia de desarrollar estas capacidades desde edades tempranas.
Porque aprender también es poder esperar, tolerar una frustración, sostener el esfuerzo, reconocer lo que uno quiere, persistir y aprender a regular las propias emociones.
Frustrarse también forma parte de crecer
Figiacone puso el foco en uno de los desafíos que atraviesan hoy a muchas familias: cómo criar sin intentar eliminar inmediatamente cualquier situación de frustración.
La especialista habló de autodeterminación: saber qué queremos y poder orientar nuestros esfuerzos hacia ese objetivo. Para conseguirlo entran en juego otras capacidades como la persistencia, la motivación, la autorregulación y la tolerancia a la frustración.
Y ahí aparecieron preguntas muy cotidianas.
¿Podemos decirles que no? ¿Está mal que se frustren? ¿Qué hacemos cuando lloran?
Figiacone describió a los adultos actuales como padres de la “generación TikTok”, expuestos a una enorme cantidad de consejos e información sobre crianza que no necesariamente resultan adecuados por el solo hecho de circular masivamente.
El desafío, planteó, también está en aprender a discernir.
¿Y qué hacemos con un berrinche?
Uno de los ejemplos más claros apareció cuando la conversación llegó a los chicos más pequeños.
Para Figiacone, el berrinche forma parte del desarrollo y funciona como una forma de comunicación. Por eso, la urgencia por detenerlo inmediatamente puede terminar jugando en contra.
Su planteo fue permitir que atraviese el momento de mayor intensidad y, cuando comienza a disminuir, recuperar el diálogo y explicar el límite.
No se trata de evitar toda frustración.
Se trata de enseñar a transitarla.
Pantallas: una advertencia especialmente fuerte para los más chicos
La charla inevitablemente llegó a las pantallas, las redes sociales y la inteligencia artificial.
Figiacone hizo primero una distinción: una herramienta tecnológica puede ser beneficiosa si se utiliza adecuadamente y dentro de un contexto que proteja el desarrollo.
Pero sostuvo que niños y adolescentes necesitan de los adultos durante buena parte de su crecimiento para aprender a regular ese uso y protegerse frente a posibles efectos adversos. Al hablar de la primera infancia fue especialmente enfática: “Menores de dos años, cero pantallas. Cero es cero”.
La recomendación expresada por Figiacone es más restrictiva que algunas guías pediátricas internacionales. La Academia Americana de Pediatría aconseja desalentar las pantallas antes de los 18 meses -salvo las videollamadas- entre los 18 y 24 meses recomienda que, si se incorporan, sean contenidos de calidad compartidos con un adulto; y entre los 2 y 5 años establece como referencia hasta una hora diaria de programación de calidad.
Sobre otro de los puntos mencionados por la especialista durante la entrevista existe evidencia científica: la relación entre una mayor exposición a pantallas y menores habilidades lingüísticas durante los primeros años.
Un metaanálisis que reunió 42 estudios y casi 19.000 niños encontró esa asociación y observó, a la vez, mejores resultados cuando se trataba de contenidos educativos y cuando existía interacción con los adultos durante el uso.
Revisiones posteriores encontraron resultados en la misma dirección, aunque advierten que no importa solamente cuánto tiempo pasa un niño frente a una pantalla: también influyen el contenido, la edad, el contexto y la forma en que se utilizan.
La tecnología, entonces, no apareció planteada como enemiga.
La pregunta es bastante más compleja: cómo se utiliza, cuánto lugar ocupa y qué rol tienen los adultos en ese aprendizaje.
Cuatro encuentros y 197 docentes
La jornada marcó también el cierre de un año de formación para Proyecto E.
Según explicó Inés Zerboni, 197 docentes diferentes participaron durante 2026 de alguno de los cuatro encuentros, una cifra que destacó especialmente porque la asistencia fue voluntaria.
“No los obligaba nadie. Era una invitación”, señaló Zerboni al valorar la respuesta de la comunidad educativa de San Antonio de Areco.
El ciclo había tenido su tercer encuentro en agosto, dedicado a las dificultades de comprensión lectora, y ya entonces Proyecto E había anticipado que la última jornada estaría destinada a las habilidades socioemocionales con Figiacone.
El cierre será en noviembre
Aunque finalizaron los encuentros de formación docente, todavía queda una última cita.
El 24 de noviembre Proyecto E realizará su brindis de fin de año, un encuentro con la comunidad educativa para celebrar y hacer balance del trabajo realizado durante 2026.
El último encuentro dejó, sin embargo, una idea que excede cualquier estadística: educar también es enseñar a esperar, equivocarse, frustrarse, insistir y volver a intentar.




