Del salario a la descalificación: el método Amadeo para enfrentar a los gremios

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(La violencia no cuenta… salvo que apunte al Ejecutivo. Tal vez convenga revisar el propio discurso)

Las paritarias municipales no sólo son el espacio donde se discute el salario. En el último tiempo, también son el escenario donde el jefe de Gabinete, Miguel Amadeo, despliega un estilo de confrontación verbal que parece ya una marca registrada.

ATE es, casi siempre, el blanco principal. No porque los otros dos gremios -el Sindicato de Empleados Municipales y UPCN- acompañen siempre al Ejecutivo, pero sí porque suelen mostrarse más condescendientes en la mesa. Amadeo, en cambio, concentra su artillería en la dirigencia estatal, en especial en sus mujeres referentes, con un tono que combina la acusación política y el ataque personal.

La última reunión volvió a confirmarlo: calificó de “insensatos” e “irracionales” a las dirigentes de ATE y apuntó contra Teresa Urcelay, sin matices. Pero no es un hecho aislado. En una paritaria anterior, frente a los tres gremios unidos en el rechazo a la oferta salarial, Amadeo lanzó una frase que encendió la mecha: “No tienen honestidad intelectual”.

Ese episodio, lejos de fracturar, terminó unificando la respuesta sindical. Las dirigentas denunciaron que el Ejecutivo minimiza el rol de los gremios, ataca su legitimidad y, en el caso de ATE, busca instalar la idea de que su conducción es violenta y actúa con fines políticos. Patricia Medina, secretaria general, lo devolvió sin filtros:

“Para Amadeo, la honestidad intelectual está en decirle todo que sí. Bueno, no somos la patronal. Estamos para decirle que sí a los compañeros, no al Ejecutivo.”

La discusión no es sólo salarial (con sueldos que, en muchos casos, no superan los $250.000) sino también de trato. Hace apenas unos días, el propio Ejecutivo denunció públicamente un caso de violencia de género contra su secretaria de prensa, filmada sin su consentimiento. Hizo lo que correspondía: visibilizar, repudiar y acompañar a la funcionaria.

Pero entonces, cabe la pregunta: ¿no es violencia de género cuando un funcionario descalifica sistemáticamente, en público y en privado, a mujeres que representan a los trabajadores?

La violencia simbólica y verbal también está tipificada en la Ley 26.485 de Protección Integral a las Mujeres. Y es legítimo preguntarse si Amadeo mantendría el mismo tono y las mismas acusaciones si en la mesa paritaria enfrente tuviera a un hombre. Porque en este caso no se trata de un exabrupto aislado, sino de un patrón que se repite en cada instancia de negociación.

Y mientras se instala este relato de “nivel de gestión” y obras en curso -bacheo, parque industrial, CDI y el avance del hospital- no podemos dejar de señalar que buena parte de esas obras, sobre todo las vinculadas a la salud, son posibles gracias a la solidaridad de la comunidad: rifas, peñas, festivales y noches de gala organizadas por vecinos, enfermeras y médicos.

El Ejecutivo corta cintas, pero el financiamiento real muchas veces nace en la voluntad ciudadana que cubre lo que el presupuesto municipal dice no llegar. La paradoja es que se exhibe como mérito propio lo que es fruto del esfuerzo colectivo de un pueblo que no deja caer lo que el Estado no sostiene.

En este clima, cada mesa paritaria parece menos una instancia de diálogo y más un combate de desgaste. El Ejecutivo busca mostrarse como el único actor racional y responsable; ATE se posiciona como el único gremio dispuesto a confrontar por convicción. Y entre esas dos trincheras, el salario de los trabajadores sigue esperando una discusión que no se pierda en descalificaciones.

En tiempos donde los discursos de odio se han naturalizado desde lo más alto del poder, con un presidente que convierte la descalificación en política de Estado, no sorprende que esas lógicas se repliquen en los territorios.

Hoy, el Ejecutivo de  Areco, aliado a la LLA,  parece tomar nota de ese manual: identificar enemigos, personalizar el conflicto y reducir cualquier reclamo a una supuesta maniobra política. El problema es que, mientras se ensayan estas batallas verbales que no suma en nada ni a nadie,  los salarios siguen sin alcanzar para vivir. 

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