Cuando un poder del Estado se vacía: el Concejo Deliberante y la angustia de ver cómo desaparece la política

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Hubo un tiempo en que una sesión del Concejo Deliberante era un hecho político en sí mismo. Se discutía fuerte, se argumentaba, se respondía, se tensaba la cuerda ideológica y, después, se aflojaba en un café. Aldo Menconi, el Pata Fernández, Rodolfo Martín, Amanda Passaglia, Teresa Amoroso y tantos otros sostenían con su palabra algo que hoy parece casi utópico: la convicción de que la democracia se construye hablando.

En aquellas épocas, los concejales se sentaban frente a frente y se miraban a los ojos para dar un debate; hoy ni siquiera eso: se ubican de costado, evitando cruzarse la mirada. ¿Qué está pasando para que hasta el gesto más elemental de la política y d ela vida misma -reconocer al otro- haya desaparecido?

Hoy, ver una sesión del Concejo produce otra cosa: angustia.

Angustia porque allí debería funcionar uno de los tres poderes del Estado, y sin embargo funciona como si no lo fuera.
Angustia porque el órgano encargado de deliberar ya no delibera. 
Angustia porque un poder del Estado no puede ser un trámite, y sin embargo eso es exactamente lo que parece.

¿Cuál es la función del Concejo Deliberante?

La respuesta es simple y enorme:

Controlar. Debatir. Representar. Deliberar. Proteger a la ciudadanía del poder concentrado.
Es decir: ejercer el poder legislativo local.

Pero ¿qué pasa cuando un Concejo Deliberante deja de cumplir esa función porque una mayoría automática define sin escuchar?
¿Qué pasa cuando ya no pregunta, no discute, no interpela?
¿Qué pasa cuando la mayoría automática es más importante que la mayoría reflexiva?
¿Qué pasa cuando la política se convierte en un botón que se aprieta sin mirar alrededor?

Pasa lo que vimos anoche.

Un oficialismo que no debate porque no necesita debatir

El silencio no es casual.
El silencio no es torpeza.
El silencio es una decisión política.

Un oficialismo que responde al intendente Ratto, aliado al radicalismo y con afinidad explícita con el esquema libertario nacional, no siente la obligación de responder. Tiene los votos para aprobar todo. No necesita argumentar. No necesita convencer a nadie. Tiene la mayoría, y con eso le alcanza.

Es -a escala local- el mismo método que Javier Milei defiende públicamente:
“Si no me aprueban todo, lo saco por decreto.”

En Areco no hace falta el decreto: se aprueba todo con una mayoría armada estratégicamente, que vota sin hablar.

No hay pasión política.
No hay interés en el debate.
No hay comprensión profunda de la función legislativa.

Y esa ausencia no es menor: vacía la democracia local.

No se trata solamente de aumentos y tasas: se trata del poder

La fiscal impositiva aprobada en silencio es un síntoma, no la enfermedad.
La enfermedad es otra: la renuncia del Concejo a ser Concejo.

Cuando un poder del Estado deja de ejercer su rol, porque no puede, el sistema democrático queda incompleto.
Un Ejecutivo sin control es un Ejecutivo sin límites.
Un Legislativo sin debate es un Legislativo irrelevante.

Y eso -esa irrelevancia- es lo más preocupante de todo.

¿Por qué siempre somos los vecinos quienes debemos reclamar?

La pregunta es válida y es política: ¿por qué siempre recae sobre la ciudadanía la tarea de exigir lo que deberían garantizar las instituciones?

Los vecinos van a terminar pidiendo explicaciones, sí.
Pero no porque sea su responsabilidad primaria sino porque el Concejo está dejando vacante su propia función.

En un Estado sano, los ciudadanos controlan desde afuera.
En un Estado enfermo, deben reemplazar a quienes deberían controlarlo desde adentro.

Estamos viendo un poder apagarse en cámara lenta

Lo angustiante de ver las sesiones del HCD no es solo el silencio.
Es la sensación de que un poder del Estado está siendo reducido a una formalidad.
Es la idea de que todo se define antes de entrar al recinto.
Es la imagen de concejales que ocupan bancas pero no ocupan funciones.
Es notar que, mientras el pueblo espera explicaciones, el oficialismo ofrece vacío.

¿Qué puede hacer la oposición en un Concejo Deliberante con mayoría oficialista absoluta?
¿Por qué pareciera que a veces se refugia en la victimización?

Porque , si bien, cuando el oficialismo tiene mayoría automática, la oposición no puede; frenar ordenanzas votadas “a libro cerrado”, imponer cambios en los proyectos, exigir que el oficialismo debata, obligar al Ejecutivo a rendir cuentas si los votos no alcanzan para aprobar pedidos de informes.

Es decir: no puede ganar votaciones. Pero eso no significa que no tenga poder.

El Concejo Deliberante debería ser un contrapeso.
Hoy es una sombra.

Y lo que se pierde, cuando se pierde la política, no vuelve solo

Porque el debate no es un lujo: es una garantía democrática.
La palabra no es un adorno: es una herramienta de control.
La representación no es un trámite: es una responsabilidad.

Sin debate, el poder se endurece.
Sin control, el poder se desordena.
Sin política, el poder se vuelve peligroso.

La mayoría automática explica por qué el oficialismo gana votaciones. Lo que no explica -y lo que la oposición deberá revisar con honestidad política -es por qué no logra transformar el malestar social en una fuerza capaz de disputar sentido común y agenda pública. Ser minoría no es ser invisible, es ser desafiada a construir poder de otra manera.

¿Cómo?

Con acciones concretas por ejemplo:  convocando a comerciantes a una reunión pública sobre el impacto real de las tasas; mostrando, con datos en mano, cuántos millones se recaudan por el “traslado de residuos” que no existe; caminando el basural con cámaras y especialistas; organizando foros vecinales sobre los maternales arancelados; exponiendo en una conferencia de prensa la decisión de quitar fondos a Bomberos y poniendo nombres propios a las consecuencias. Si el Concejo Deliberante se vacía de debate por decisión del oficialismo, la oposición no puede vaciarse de estrategia. Porque la democracia local no solo se defiende votando: también se defiende protagonizando la discusión pública, incluso -y especialmente- cuando se está en minoría.

El silencio del oficialismo no cierra una discusión: la abre

Y abre la discusión más grave: ¿Qué democracia local queda cuando uno de los tres poderes del Estado deja de poder ejercer su función?

Esa es la pregunta que San Antonio de Areco necesita hacerse.
Esa es la pregunta que atraviesa todo lo que vimos anoche.
Esa es la pregunta que ninguna mayoría automática puede evitar.

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