Los chicos vestidos de santos llenaron de alegría la plaza

Este fin de semana, la Plaza Ruiz de Arellano se convirtió en un pequeño cielo en la tierra. Decenas de niñas y niños llegaron acompañados por sus familias, vestidos de santos, para celebrar el Día de Todos los Santos, una tradición que la parroquia San Antonio de Padua repite cada año con entusiasmo.

Entre juegos, sonrisas y canastas compartidas, el encuentro comenzó al atardecer con un picnic comunitario. Luego, la actividad se transformó en una pequeña misión por la plaza y concluyó con la misa de las 20, presidida por el padre Jorge Meneghello.

“Hoy es la solemnidad de todos los santos. Queríamos hacer esto, una fiesta para los santos”, explicó el sacerdote, destacando que la propuesta no es “una contracara” de Halloween, sino una invitación a descubrir la alegría de la santidad. “No es contra nada -aclaró- es simplemente vivir lo que somos como Iglesia, celebrar con los santos”.

Durante la jornada, los chicos participaron de distintos juegos pensados para enseñar las virtudes cristianas. “Cada uno se vistió de un santo distinto y fueron conociendo sus historias -contó Meneghello- hay juegos que los ayudan a pensar en las virtudes: por ejemplo, que la soberbia se combate con la humildad o la pereza con la generosidad”.

El sacerdote insistió en una idea que atraviesa toda la propuesta: la santidad no es disfrazarse, sino revestirse de Cristo y de las virtudes. “No te quita lo que sos -dijo- no es desvestirse de lo humano, sino agregarle lo que Dios te da. Esa es la clave”.

Consultado por el sentido de la actividad frente al auge de Halloween, el padre fue claro: “Esto no es en contra de nada, es simplemente celebrar lo nuestro. Obviamente es al revés que vestirse de demonio, pero los chicos no tienen la culpa de eso. Mi crítica siempre es al sistema comercial que hay detrás”. 

Así, entre capas, coronas, túnicas y flores, los niños revivieron las historias de sus santos favoritos, algunos elegidos por nombre, otros por cariño o curiosidad.  Una tarde luminosa, tejida de fe y juego, donde la plaza se llenó de pequeños santos que recordaron que la alegría también puede ser un camino hacia lo divino.

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