Por los que faltan, por los que estamos

Por Jimena Ruiz

Hay personas a las que uno recuerda por su voz. Otras por un perfume, una canción, una frase.

A algunas las recordamos por la risa.

Yo tuve una amiga así.

Era un cascabel. De esas personas que uno imagina inmunes a la tristeza porque llegan y algo cambia alrededor. Le gustaba bailar. Amaba bailar. Y nos convencía a todas de hacerlo, incluso en nuestros peores días.

Amaba recibir gente en su casa, preparar cada rincón con delicadeza, hacer sentir bien al que llegaba. Tenía una sonrisa enorme y una capacidad especial para estar pendiente de los demás.

La amé mucho. La amo mucho. La amaré siempre. Mucho.

Y por eso aprendí, de la manera más dolorosa, que una sonrisa no siempre cuenta todo lo que está pasando detrás de ella.

Que alguien puede bailar y estar sufriendo.

Puede organizar una reunión y sentirse solo.

Puede preguntarte cómo estás mientras nadie le pregunta, de verdad, cómo está. Porque damos por sentado que es feliz. ¿Cómo no va a serlo, si es la que hace felices a todos? La que reconoce tu tristeza aun en medio de una fiesta, te aparta del grupo y te dice: “Pero dale, amiga, vamos a divertirnos, que de eso se trata la vida”.

Aprendí que ser luz para muchos no significa no estar atravesando la propia oscuridad.

Por eso no alcanza con compartir una placa que diga Día Mundial para la Prevención del Suicidio.

No alcanza con hablar durante veinticuatro horas y volver al silencio al día siguiente.

No alcanza.

Porque también hubo quienes pudimos pedir ayuda. Quienes en algún momento dijimos: “Basta, no puedo más”.

Nos estigmatizaron. Claro que dolió. Pero pudimos atravesarlo. Pudimos seguir.

Otros pidieron ayuda y la respuesta no llegó a tiempo.

Daiana

Daiana pidió ayuda.

Su mamá, Liliana, decidió contar su historia y pidió algo que respeto cada día:  que no la olvidemos.

Recorrió instituciones buscando respuestas para su hija y, después de perderla, eligió hacer algo inmensamente difícil: convertir una parte de ese dolor en una denuncia pública para intentar que otra familia no tenga que atravesar lo mismo.

Daiana terminó convirtiéndose en Areco en el nombre visible de una problemática que venía de mucho antes. Había familias pidiendo ayuda, profesionales advirtiendo, pacientes atravesando crisis y también puertas que no siempre se abrieron cuando debían hacerlo.

Su historia rompió un silencio.

Pero no estoy en condiciones de decir que hayamos logrado romperlo del todo. Falta. Falta mucho.

Y después están las otras historias.

Las que nunca salieron en un medio.

Las que quizás solamente sobreviven en una fotografía, en una habitación, en una canción que cuesta volver a escuchar o en una anécdota que alguien sigue contando.

Personas.

Tan simple y tan enorme como eso: una persona.

Pienso en mi amiga y hay algo que tengo muy claro: no quiero que el último día de su vida tenga más fuerza que todos los anteriores.

No.

Fue muchísimo más que la manera en que partió.

Daiana también.

Tal vez cambiar la narrativa, como propone el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, empiece justamente ahí: dejar de mirar solamente el final y empezar a preguntarnos qué ocurrió antes.

Quién pidió ayuda.

Quién escuchó.

Quién no supo escuchar.

Qué familia estaba agotada.

Qué amigo no encontró las palabras.

Qué institución respondió.

Cuál cerró una puerta.

Y, sobre todo, qué podemos hacer distinto la próxima vez.

No se trata de repartir culpas entre quienes amaron y acompañaron como pudieron. Bastante tenemos quienes seguimos acá con ese terrible “¿y si hubiera…?” que aparece sin permiso y que, de alguna manera, nos acompaña para siempre.

Pero hay responsabilidades que sí deben asumirse.

Porque prevenir no puede depender solamente de que una persona, en el peor momento de su vida, conserve las fuerzas suficientes para levantar el teléfono, golpear una puerta o decir:  “Ayudame”.

Tenemos que aprender a mirar.

A preguntar.

A escuchar una respuesta que quizá no queremos escuchar.

A quedarnos un rato más.

Y también tienen que aprender a mirar quienes nos dirigen o pretenden dirigirnos.

Porque el Estado tiene que estar cuando una familia ya no puede sola. Tiene que haber una red antes de que sea demasiado tarde. Y porque en Areco hubo advertencias, pedidos de ayuda y familias reclamando respuestas mucho antes de que la salud mental consiguiera finalmente un lugar en la agenda pública y no puede volver a salir de ella.

Pienso en Daiana.

Pienso en mi amiga.

Y no las pienso solamente cada 10 de septiembre. Las pienso todos los días.

Seguramente quien esté leyendo estas palabras tenga también un nombre.

No hace falta escribirlo.

Cada uno sabe cuál es.

Por Daiana. Por mi amiga. Por tu papá. Por tu mamá. Por tu hermana. Por tu hermano. Por tu hijo. Por tu hija. Por tu amigo. Por todos. Por cada vida que el dolor se llevó demasiado pronto.

Enseñemos a pedir ayuda y a exigir nuestros derechos. Porque exigir que una puerta se abra, que un tratamiento continúe, que una persona sea escuchada y que el Estado responda también es cuidar.

A veces, detrás de la sonrisa más grande hay una batalla que nadie está viendo.

Yo lo aprendí de la manera que jamás hubiera querido aprenderlo.

Y por eso, mientras haya una sola persona atravesando esa lucha, el silencio no puede ser la respuesta.

El dolor me quema, escribirlo me alivia

 

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