El piano de José Tambutti atravesó el silencio de Duggan y emocionó a todos

En la belleza paradisíaca de Duggan, donde las calles parecen ir al ritmo del campo y el silencio es parte del paisaje, el domingo pasado fue sublime. La tarde de otoño empezó a apagarse temprano entre árboles dorados, aire fresco y una calma casi perfecta. En ese escenario íntimo, mientras el sol se escondía detrás del pueblo, un piano comenzó a llenar la noche. Y lo que ocurrió después en Ojos Negros fue mucho más que un concierto.

José Tambutti terminó convirtiéndose en una de esas experiencias difíciles de explicar, de las que se sienten más de lo que se cuentan.

Las obras de Schubert, Chopin, Liszt, Guastavino y Piazzolla llenaron el espacio de una emoción profunda que terminó explotando en un aplauso largo, sostenido y sincero.

El momento más fuerte llegó después del concierto, cuando Daniel Bosco intentó comenzar una entrevista con el músico. Apenas pudo decir unas palabras antes de quebrarse de emoción. Tambutti tampoco logró sostener demasiado la distancia y ambos terminaron fundidos en un abrazo silencioso, de esos que explican más que cualquier discurso. Recién después de respirar unos segundos pudieron empezar a hablar.

El pianista contó que todavía seguía movilizado por lo que había ocurrido minutos antes entre el público y la música. Dijo que no encontraba palabras para explicar lo que le genera tocar esas obras y recordó incluso un detalle inesperado de la noche: las campanas de la iglesia del pueblo terminaron de sonar justo antes de que comenzara el concierto. No había sido planeado. Simplemente pasó.

También habló del camino recorrido hasta llegar a un momento así. Recordó que lleva 44 años tocando el piano y que noches como la vivida en Duggan hacen sentir que todo el esfuerzo tuvo sentido. Más que hablar de sí mismo, eligió agradecer a los grandes compositores que interpreta y al público que lo acompaña cada vez que aparece esa conexión difícil de explicar entre quien toca y quien escucha.

Y quizás haya sido justamente eso lo que quedó flotando al final de la noche: la sensación de haber vivido algo simple, elegante y profundamente humano. Un piano sonando en medio del silencio de un pueblo pequeño. Y un puñado de personas saliendo despacio, todavía emocionadas.

Fragmento de la Serenata de Schubert

Fragmento Vals Mefisto

Fragmento de Asturias de Albeniz

Nota Anterior

“Crecemos y nos hacemos grandes”, el libro con el que la Dra. Daniela Daverio transforma su experiencia en reflexión

Siguiente Nota

Esta es la nota más reciente.