Nuestra despedida a Osvaldo Cane, el médico que también sabía curar angustias

Hay personas cuya partida duele más allá de la noticia. Porque no se va solamente un profesional, un vecino o una figura conocida. Se va alguien que estuvo presente en la vida de muchísima gente cuando más lo necesitaba.

Hoy San Antonio de Areco despide al doctor Osvaldo Cane.

Y el dolor quema.

Durante décadas fue el médico de varias generaciones de arequeros. Pero decir solamente eso sería injusto. Porque quienes alguna vez pasaron por su consultorio saben que era mucho más que un médico.

Era de esas personas que todavía encontraban tiempo para escuchar.

Hay médicos que curan enfermedades. El doctor Cane también ayudaba a curar angustias.

A muchos nos acompañó en momentos difíciles. En enfermedades que parecían imposibles de atravesar. En despedidas que todavía duelen. A veces con una indicación médica. Otras veces simplemente escuchando. Quienes escribimos estas líneas también encontramos en él algo más que un profesional: una presencia humana capaz de aliviar angustias cuando las respuestas no alcanzaban.

Mucho antes de convertirse en el médico que acompañó a generaciones de arequeros, Osvaldo Cane fue también un joven estudiante que llegó a Buenos Aires para formarse. Allí compartió años de estudio, convivencia y amistad con quienes luego seguirían siendo parte de su vida.

Daniel Bosco recuerda aquellos tiempos en que compartían departamento junto a otros jóvenes arequeros que intentaban abrirse camino profesionalmente lejos de casa. Una amistad nacida entre apuntes, exámenes y sueños de juventud que nunca se rompió.

“Nos queríamos mucho porque él se alegraba de mis logros y yo también de los suyos. Un dolor enorme”

— Daniel Bosco

Pero Osvaldo no era solamente el médico, el amigo o el hombre comprometido con su comunidad. También tenía una pasión que lo acompañó toda la vida: el tango.

Le gustaba cantarlo, interpretarlo y compartirlo con quienes lo rodeaban. Quienes tuvieron la suerte de escucharlo saben que lo hacía con el mismo sentimiento con el que encaraba cada aspecto de su vida. Daniel solía bromear con él por su voz y por la forma en que transmitía cada letra.

“Yo lo cargaba siempre: Benito, erraste la profesión, vos deberías haber sido locutor. Y él se reía.”

— Daniel Bosco

Su trabajo en el Hogar San Camilo fue una expresión concreta de esa forma de entender la vida. Allí estuvo siempre. Como también junto a quienes muchas veces no podían pagar una consulta o atravesaban situaciones difíciles.

Y hay recuerdos que quedarán para siempre.

Como esas tardes en las que el consultorio parecía detenerse apenas unos minutos. Eran las cinco de la tarde. Olga llegaba con un té y algunas galletitas. Conversaban un rato.  Después seguían.

Siempre juntos.

Siempre discretos.

Siempre atentos a los demás.

Nunca hablaban demasiado de sus propias vidas. Nunca ocupaban el centro de la escena. Parecía que lo único importante era siempre el otro. El paciente. La familia. El vecino que atravesaba un problema.

Quizás por eso hoy la tristeza es tan grande.

Porque no despedimos solamente a un médico.

Despedimos a un hombre bueno.

A un vecino querido.

A un amigo de muchos.

A alguien que ayudó a construir una comunidad más humana.

Como escribió Camila Pannunzio, una frase que parece resumir lo que tantos arequeros sienten hoy:

“Cuando el ser humano sobrepasa al profesional, lo convierte en mejor persona aún.”

— Camila Pannunzio

Y tal vez nadie sintetizó mejor el sentimiento de quienes compartieron una vida entera de amistad que Ricardo Sceppacuercia al despedirlo con palabras simples y profundas:

“Benito, te vamos a recordar siempre, fuiste y serás nuestro mejor amigo.”

— Ricardo Sceppacuercia

Hoy cada uno de nosotros guarda un recuerdo distinto de Osvaldo Cane.

Una consulta.

Una charla.

Una palabra de aliento.

Un tango.

Una mano tendida en el momento justo.

Tal vez esa sea la verdadera medida de una vida: la huella que deja en los demás.

Y la de Osvaldo Cane, sin dudas, quedará para siempre en el corazón de Areco.

A Olga, a sus hijos, a sus nietos y a todos sus seres queridos, nuestro abrazo más sincero.

Gracias, doctor.

Por haber estado.

Por haber acompañado.

Por haber hecho de la bondad una forma de vida.

Y porque, como ocurre con las personas verdaderamente queridas, su voz seguirá sonando mucho después del silencio.

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