El oro verde que germinó del alma: la historia de Roberto Videle

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En la mañana de “Dinámica Matinal”, la radio se llenó de emoción y orgullo. No por una noticia cualquiera -que apareció en todos los medios nacionales- sino por una historia que toca el corazón del pueblo. Porque Roberto Videle, el protagonista, es mucho más que un empresario exitoso: es un amigo del pueblo. Un hombre cercano, de palabra sencilla y manos trabajadoras, que apostó por un sueño impensado y lo convirtió en realidad. Su historia condensa la fuerza del deseo, la fe en el trabajo y el tiempo como aliado.

Del almacén al campo: intuición que siembra futuro

Roberto, a quien muchos conocen como “Chiqui”, supo empezar desde abajo. En aquellos días en que caminaba con su esposa al almacén del barrio, todavía como cliente, tuvo un impulso que cambiaría su destino. Un almacenero le propuso venderle su negocio. Aunque no tenía cómo pagarlo, el dueño confió en él y aceptó que lo hiciera a su ritmo, “como pudiera”. Así comenzó su camino en el comercio. Años más tarde, se transformaría en el dueño de una red de doce supermercados distribuidos en distintas localidades, incluido uno en San Antonio de Areco, ciudad con la que mantiene un vínculo entrañable.

Pero su horizonte no se detuvo allí. En 2003, con más coraje que certezas, puso la mirada en San Juan y en un fruto que apenas se conocía en Argentina: el pistacho. En ese momento, sólo tres emprendimientos en todo el país se animaban al desafío. Roberto fue uno de ellos.

El tiempo como socio y el sacrificio como inversión

La aventura no estuvo libre de obstáculos. Apenas dos años después de plantar las primeras 70 hectáreas, una tormenta feroz y una piedra que golpeó el establecimiento pusieron todo en jaque. Muchos habrían desistido. Él no. En lugar de arrancar las plantas como le recomendaban, decidió dejarlas. Apostó al tiempo y a la paciencia. Recién en 2015 llegaron los primeros frutos.

Pasaron 22 años. Hoy su finca, Dulpa San Juan, cuenta con 110 hectáreas y 12 trabajadores permanentes. Con cuidado meticuloso, riego constante y tecnología, cultiva uno de los pistachos de mejor calidad del país. Un fruto que sólo se cosecha una vez al año, en febrero, y que exige más de 800 horas de frío para desarrollarse bien. Donde no llega la naturaleza, llegan los saberes adquiridos en el camino.

El auge del oro verde

La explosión del pistacho en Argentina lo encontró preparado. En los últimos tres años, su producción creció de manera exponencial, al ritmo de la demanda de heladerías, chocolaterías y panaderías gourmet. El pistacho dejó de ser un snack para convertirse en un ingrediente estrella.

Roberto no necesita exportar. Las principales marcas del país -Lucciano’s, Rapanui, Mamuschka, Del Turista- se disputan su producto. Incluso cuando probaron importar pepas de Irán o California, volvieron a comprarle a él. Porque lo suyo no es sólo fruto de la tierra, sino de la dedicación, del amor a un proyecto familiar y de la experiencia acumulada.

Un empresario con raíces profundas

San Antonio de Areco también aparece en su historia. No sólo porque acá está una de sus sucursales, sino porque  también llegó su pistacho: lo compró La Olla de Cobre, lo transformaron en delicias artesanales. Así, lo que empezó como una corazonada se convirtió en una red de vínculos, de afectos, de trabajo compartido.

En su paso por “Dinámica Matinal”, Roberto no alardeó. Al contrario. Habló con humildad, como quien sabe que los frutos verdaderos tardan en madurar. Valoró a su familia, a quienes lo acompañaron desde el primer almacén hasta la finca sanjuanina. Recordó con cariño a quienes lo ayudaron, como ese contador que le dijo que probara suerte con el pistacho. Y agradeció a su equipo, especialmente a quienes siguen cuidando día a día ese cultivo que, como él mismo dice, “no se parece a nada”.

Intuición, trabajo, siembra

La historia de Roberto Videle no es solo la de un empresario exitoso. Es la historia de alguien que creyó en su intuición cuando otros se reían, que apostó cuando el viento soplaba en contra, y que supo esperar cuando todo parecía estancado. Es la historia de un argentino que sembró con paciencia, y que hoy recoge no sólo pistachos, sino el respeto y la admiración de muchos.

Y como él mismo lo sintetizó sin decirlo, pero haciéndolo sentir: en la vida, como en la tierra, hay que sembrar sin garantías, cuidar lo que crece y confiar en que, tarde o temprano, el verde aparece.

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