Sobrevivir el día a día y fuera del radar del Estado
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El agua está bajando, pero el cansancio no. En la zona de la ribera, donde los carritos de comida se alinean junto al boulevard, Fabiana Álvarez vuelve a levantar su puesto después de la inundación. “Estoy cansada -dice- porque no tenemos solución. Cada vez las inundaciones son más frecuentes y el agua viene más rápido. Este año estamos muy castigados”.

Hace más de diez años que trabaja ahí. Fue la primera en instalarse en ese lugar, después de un breve paso por la zona del mástil. Esta vez el agua no llegó tan alto como en la gran inundación anterior, pero igual entró. “Me entraron como cinco o diez centímetros. Alcancé a levantar el freezer y las heladeras, pero fue un desastre. Sábado a la noche, entre las seis y las ocho, subió veinte centímetros en dos horas”.
Fabiana habla mientras limpia y desinfecta. Se prepara para abrir otra vez, con lo que tiene. “Cuando uno se quiere recuperar, justo llega el fin de semana y llueve, o hay mal tiempo y la gente no viene. Así no se puede. Yo vivo de esto”.
El peso de los gastos y las promesas
No recibe subsidios ni asistencia. “Averigüé en Turismo y me dijeron que no estoy en el sistema, que no me corresponde nada.” La factura de luz, comercial, ronda los doscientos mil pesos mensuales. “A veces un poco menos, a veces más. Pero siempre arriba de cien mil”.

Antes, con el turismo, se trabajaba mejor. Pero todo cambió. “Desde que pusieron el estacionamiento medido bajó muchísimo. Hoy se trabaja un veinte por ciento de lo que era antes.” Además, el lugar se llenó de carritos nuevos. “Y al estar todos juntos, es más difícil. No tenemos las mismas posibilidades”.
Baños e iluminación que no llegan
La Secretaría de Desarrollo y Producción, a cargo de Celina Pérez Adamo, había prometido mejoras: baños, agua corriente, una peatonal con espacio para caminar. “Nos dijeron que iban a hacer todo eso, pero nunca apareció nada. Los únicos baños que tuvimos fueron cuando estaba Poli, y después nunca más”.

Hoy, se las arregla gracias a la generosidad ajena. “El Hotel San Carlos me presta el baño, y estoy agradecida. Pero no corresponde. Los turistas siempre preguntan dónde hay baños, y acá no tenemos nada”.
Tampoco hay luz. “Las luces las ponemos nosotros. Acá atrás no hay ni un foco”.
Seguir igual, aunque todo cambie
Ahora Fabiana vuelve a empezar. Limpia, desinfecta, acomoda lo que se puede salvar. “Hago de todo: sándwiches, lomos, bondiolas, papas fritas, pastelitos, tortas fritas, lo que se pueda vender”.
El agua se va, pero deja su marca. Como las promesas que no se cumplen, como el cansancio que se acumula. Fabiana no pide mucho: solo poder trabajar dignamente y sin miedo a que la próxima lluvia le borre todo otra vez.
