Hospital Zerboni: colapso silencioso y una advertencia urgente desde adentro

Mientras en Areco crece la preocupación por la presencia de una bacteria multirresistente dentro del Hospital Emilio Zerboni -la peligrosa KPC-, dos enfermeras del sistema de salud local decidieron romper el silencio. Con años de trayectoria y apego al servicio público, denunciaron una situación de desidia estructural, precarización laboral y falta absoluta de gestión sanitaria. Lo que antes fue un hospital ejemplo durante la pandemia, hoy se encuentra sumido en el abandono.

La alerta no se queda solo en lo bacteriológico, aunque ese punto es crucial: la KPC, una bacteria resistente a los antibióticos más potentes, ha sido identificada en varias habitaciones del hospital. Según detallaron, los protocolos de limpieza son insuficientes, los insumos básicos como guantes, camisolines o productos de desinfección escasean, y las tareas de aislamiento se sostienen a fuerza de voluntad y exposición del personal. La limpieza con productos como el cuaternario, fundamental para erradicar este tipo de organismos, no siempre puede garantizarse. A veces se reemplaza con amonio, más económico pero menos eficaz.

Pero lo bacteriano es apenas la punta del iceberg. Hay una crisis edilicia y humana más profunda. Las guardias se cubren con personal agotado, mal remunerado y sin respaldo. En sectores críticos como clínica médica y terapia intensiva, mostramos inundaciones  causadas por errores graves en obras recientes, que afectaron cañerías y desagües, provocando el colapso de redes cloacales. Las aguas servidas rebalsan en las habitaciones donde hay pacientes internados con infecciones. La respuesta institucional ha sido telefónica o, directamente, ausente. En medio de las emergencias, quienes deciden y actúan son las propias enfermeras, sin presencia ni apoyo de las jefaturas.

El cuadro se completa con un malestar generalizado: recortes arbitrarios de guardias a modo de sanción informal, falta de gas en sectores enteros del hospital, trabajadores usando estufas halógenas para pasar el frío, y un edificio antiguo que fue ampliado sin una planificación que considere el funcionamiento sanitario real. Hay descoordinación entre las obras nuevas y las condiciones preexistentes. Nadie parece saber cómo se conecta -ni cómo se rompe- la infraestructura que sostiene la salud de un pueblo.

La sensación dominante entre el personal es que “necesitan autoridades presentes”. No solo figuras visibles para la foto o el discurso, sino decisiones reales, directores que caminen los pasillos, funcionarios que escuchen, recorran, inviertan y respondan. Lo que se denuncia no es una falta de compromiso del personal, sino la soledad absoluta en la que se encuentra el equipo de salud frente al deterioro del sistema.

La gestión política, tanto local como provincial, parece más enfocada en suavizar los conflictos que en resolverlos. Las respuestas llegan tarde, cuando ya no hay margen. El hospital Zerboni no está colapsado solo por una bacteria: está atrapado en una lógica de abandono en la que los trabajadores terminan haciendo lo imposible con lo mínimo. Y aunque la comunidad ya conoce los riesgos, desde la conducción del sistema todavía se prefiere silenciar antes que actuar.

La salud del pueblo de Areco está en riesgo. Las alertas están encendidas. Lo que falta ahora no son diagnósticos: es voluntad política para dar respuestas.

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