Hay números que también cuentan la historia de un pueblo: el 452660 fue uno de ellos
por Camila Pannunzio y Jimena Ruiz
Esta vez, desde Bosco Producciones, nos vamos a tomar el permiso de contar una historia muy nuestra.
Durante décadas, para los arequeros el 452660 nunca fue simplemente “el número de la cochería”. Se marcaba cuando había que comunicar una de esas noticias que nadie quiere dar. También lo hacíamos los periodistas, muchas veces a cualquier hora, para confirmar un nombre, un horario, una sala velatoria o una despedida.
Siempre había alguien del otro lado. Muchas veces, la querida Yiya.
Esta semana, Casa Cisneros comunicó que ese teléfono fijo dejó de funcionar. Tras los robos de cables de cobre, Telefónica ya no podía brindarles el servicio que necesitaban y la empresa decidió reemplazarlo por números celulares.
Podría haber sido solamente eso: cambió un teléfono.
En una gran ciudad difícilmente sería algo noticioso. Pero en Areco fue distinto.
El aviso llegó a un grupo de WhatsApp que compartimos periodistas y la cochería para recibir información. Es un espacio esencialmente de trabajo: llegan los datos y cada medio sigue con su tarea. Casi nunca hay comentarios.
Esta vez los hubo.
“Se fue la querida Yiya y con ella el tradicional 452660”, escribió nuestro querido colega Daniel Casso.
Y lo resumió todo.
Alicia Irizar de Saunders, Yiya, había fallecido semanas antes, a los 92 años. Para quienes trabajamos en los medios fue por muchísimo tiempo una voz conocida.
Antes de WhatsApp, de los grupos y de los mensajes instantáneos, había que llamar.
Y Yiya atendía.
Con una paciencia inagotable y una dulzura que quienes la conocimos recordamos bien, nos dictaba los fallecimientos que anotábamos en un papel para después dar al aire. Deletreaba los apellidos y hasta se aseguraba de que supiéramos pronunciarlos correctamente.
Parece un detalle. No lo era.
Trabajar en una casa de sepelios implica ejercer un oficio particularmente difícil: informar, resolver, organizar y acompañar cuando enfrente hay una familia atravesando uno de los momentos más dolorosos de su vida.
Hay cosas que ningún manual puede enseñar: cómo hablar, cuándo esperar, de qué manera acompañar y cuándo simplemente estar.
Esa forma de trabajar, discreta, respetuosa, elegante y delicada, atravesó generaciones.
Casa Cisneros es una empresa familiar y hoy son Florencia, Gabriela y Fernando quienes están al frente. Recibieron de quienes los precedieron no sólo un oficio, sino una manera de ejercerlo.
Porque hay trabajos en los que también se hereda una forma de tratar a las personas.
En los pueblos hubo teléfonos que no necesitaron jamás presentación. El del hospital. El de la Cooperativa. El de la radio. El de la cochería.
No estaban agendados bajo un nombre en una pantalla. Los sabíamos de memoria.
Y el 452660 era uno de ellos.
Areco creció. Cambiaron las formas de comunicarnos y también nuestras rutinas. Llegaron los celulares, WhatsApp, los contactos digitales y nuevas maneras de estar disponibles.
No es mejor ni peor. Es otro tiempo. Es distinto.
Ahora Casa Cisneros tendrá nuevos teléfonos. Los guardaremos y pronto nos acostumbraremos a utilizarlos.
Aunque probablemente por un buen tiempo, ante la necesidad de comunicarnos con la cochería, los dedos quieran marcar primero el 452660.
La costumbre también tiene memoria.
Quizás por eso esos seis números nos generaron una reacción inesperada entre quienes recibimos información de Casa Cisneros desde hace tantos años.
Son parte de esas referencias que existen en las comunidades pequeñas y que no necesitan explicación. Un apellido, una esquina, un comercio, una voz conocida, un teléfono. Códigos comunes que también construyen nuestra idiosincrasia.
Y desde este medio queremos aprovechar esta historia para decir: Muchas gracias.
A quienes estuvieron antes y a quienes están hoy.
Quienes hacemos periodismo local sabemos el valor de encontrar del otro lado a alguien que comprende la responsabilidad que implica informar la despedida de una persona de nuestra comunidad.
Por eso quisimos detenernos en algo que, visto desde afuera, puede parecer insignificante.
Sin resistencia a los cambios.
Con respeto, nostalgia y agradecimiento.
Porque algunas cosas forman parte de nuestra rutina por tanto tiempo que dejamos de verlas.
Hasta que un día cambian.
Y recién entonces comprendemos cuánto tenían de nosotros. Y que, sin darnos cuenta, son parte de nuestra historia.



