Día Internacional del Implante Coclear: La memoria también es testigo
por Jimena Ruiz
Si alguna vez te tocara presenciar algo así… ¿qué sentirías? ¿Te olvidarías?
Ver a una criatura escuchar por primera vez no es una escena más. No es un dato médico. No es una estadística. Es un momento que te atraviesa.
A nosotros, como productora, nos tocó estar ahí. Quizás no en el centro de la escena, quizás muchos pasos más atrás, pero lo suficientemente cerca como para sentir que algo enorme estaba ocurriendo frente a nosotros.
Por eso cada vez que miro un video como este -de otro niño, en otro lugar del mundo- me vuelve la misma sensación. No importa que no sea en Areco. No importa que no sea la misma historia. La reacción es la idéntica.
La emoción es universal.
Y me estremece.
Cierro los ojos y vuelvo mentalmente a aquella cobertura. El tiempo pasó, sí, pero el recuerdo sigue intacto, vivo, presente.
Hay imágenes que no se diluyen, que regresan con la misma intensidad del primer día.
La expectativa era tan palpable que casi se podía tocar. Todos sabíamos que estábamos frente a algo que podía cambiar una vida. Y así fue.
Hay historias que quedan suspendidas en la memoria, esperando el momento justo para volver a decirse. Y hoy, 25 de febrero, Día Internacional del Implante Coclear, esa memoria me empuja a escribir.
Tal vez el archivo aparezca en unas horas. Tal vez nos lleve un poco más de tiempo encontrarlo entre cintas, discos y respaldos bien guardados, como corresponde cuando se trabaja con responsabilidad. No todo lo valioso está siempre a un clic de distancia inmediata.
Pero no quise esperar.
No quise dejar pasar este día sin contar lo que recuerdo. Porque la fecha me lleva inevitablemente a unos veinte y tantos años atrás, a una mañana en el Hospital Municipal Emilio Zerboni, cuando en Areco se realizó lo que fue el primer implante coclear pediátrico.
Recuerdo al Dr. Daniel Pérez Gramajo, que en ese momento vivía y ejercía aquí, explicando con claridad y calma cada paso del procedimiento. Recuerdo la concentración del equipo, la expectativa contenida de una familia, el silencio previo a algo que sabíamos que lo cambiaría todo.
Era una criatura de apenas dos o tres años. Hoy, seguramente, ya una persona adulta. Entonces, apenas alguien que comenzaba a asomarse al mundo.
El doctor explicaba que el implante coclear no es un audífono. Que no se trata de amplificar el sonido, sino de crear un puente directo hacia el nervio auditivo. Que el cerebro aprende, que el sonido se reconstruye, que después vendrán meses de rehabilitación y aprendizaje. Que no es inmediato ni mágico, pero sí profundamente transformador.
Y recuerdo, sobre todo, el momento de la activación. Ese instante frágil y enorme al mismo tiempo. Cuando por primera vez el sonido llegó. Cuando una voz conocida dejó de ser silencio. Cuando la emoción no necesitó traducción.
Por eso necesito escribir.
Pasaron tantos años, pero la emoción de aquel día nunca se fue. Sigue anclada en mi corazón, con una fuerza que todavía me quiebra la voz y me llena los ojos de lágrimas.
Porque el implante coclear existe para criaturas que nacen con hipoacusia profunda y necesitan desarrollar el lenguaje. Para adultos que perdieron la audición y sienten que el mundo se les volvió distante. Para familias que buscan una oportunidad. Para personas que, sin esta tecnología, quedarían aisladas del sonido.
El implante no devuelve una audición “como la de antes”. Devuelve algo más esencial: la posibilidad de comunicarse, de integrarse, de participar en la vida cotidiana.
El archivo aparecerá pronto y volveremos a contar esta historia como merece. Pero hay recuerdos que no necesitan soporte para existir.
Yo estuve ahí.

