URGENTE: Corsos, entre la celebración y una violencia que interpela
La edición de este año de los corsos dejó imágenes de alegría, encuentro y celebración. Pero la última noche no estuvo al margen de los hechos de violencia que ya se habían registrado en jornadas anteriores; por el contrario, la tensión volvió a escalar y obligó a interrumpir abruptamente la música en pleno cierre.
La decisión se tomó ante la presencia de grupos de jóvenes arequeros y otros provenientes de localidades vecinas (Giles, Carmen de Areco, Mercedes) donde los corsos habían sido suspendidos por episodios similares.
El corte del espectáculo generó enojo en algunos músicos, pero desde la organización se priorizó evitar consecuencias mayores. Durante los operativos se secuestraron armas blancas, un dato que expone la gravedad del escenario. Esta es una noticia en desarrollo y será ampliada con más información en las próximas horas.
El secretario de Seguridad, Ramón Ojeda, declaró ayer ante esta productora que hubo complicaciones similares a las que atraviesan otras localidades. A pesar de eso, destacó que el operativo preventivo permitió “abortar toda situación que pudiera complicar la realización” del evento.
El viernes fue la noche más conflictiva. Paradójicamente, no fue la de mayor concurrencia. Mientras el sábado y el domingo predominaron familias, el viernes hubo mayor presencia de grupos de jóvenes, incluso de localidades vecinas.
Ojeda señaló que existen grupos que se organizan previamente para enfrentarse. Lo dijo con crudeza: “Hay grupos de gente que se citan para pelear como diversión”. No se trata de discusiones espontáneas: hay acuerdos previos para agredirse. A eso se suma el consumo excesivo de alcohol, que potencia cualquier conflicto.
Hubo personas golpeadas, dos mujeres internadas y distintos episodios que requirieron intervención policial. También se produjo la agresión de una trabajadora vinculada a una cooperativa que presta servicios al municipio contra una inspectora de tránsito, hecho que terminó con una detención.
Pero lo más preocupante no fueron solo las peleas. Fue la presencia de menores en situaciones de riesgo. Se detectaron chicos y chicas de 13 y 14 años circulando de madrugada, y un niño de 9 años intoxicado que debió recibir asistencia de minoridad y cuya familia fue convocada.
Aquí aparece una dimensión que no puede soslayarse: la responsabilidad de los adultos. No alcanza con señalar a quien vende o facilita alcohol lo cual también es grave. Tampoco alcanza con reforzar operativos. Cuando un niño de nueve años está a las tres o cuatro de la mañana en la calle, en medio de grupos de adolescentes, hay una ausencia previa. Hay un adulto que no estuvo, que no acompañó, que no puso límites o que directamente no supo dónde estaba ese menor.
No se trata de culpabilizar livianamente, pero sí de asumir que la crianza, el cuidado y la supervisión no pueden delegarse en el Estado, en la policía ni en un evento público. Las niñeces necesitan presencia, contención y referencia adulta. Cuando eso falla, las consecuencias aparecen.
Estas situaciones no son exclusivas de una ciudad. Son un emergente social, tal como siempre señala Ojeda. Y cuando chicos salen a emborracharse o a pelear como forma de entretenimiento, algo evidentemente no está funcionando.
La decisión de finalizar las noches una hora antes respondió a ese diagnóstico: entre las dos y las tres de la mañana se concentraban los mayores conflictos, especialmente entre quienes ya habían consumido alcohol en exceso. En otras localidades, episodios similares derivaron en la suspensión de los corsos. Aquí, el operativo permitió sostenerlos hasta el final.
Pero más allá de que el evento haya podido desarrollarse, hay una situación insostenible.
Cuando la violencia se organiza, cuando el consumo problemático aparece cada vez a edades más tempranas, cuando la madrugada deja de ser celebración y se convierte en riesgo, no estamos frente a hechos aislados.
Estamos frente a señales claras de que algo no está bien. Y esa revisión nos involucra a todos.




