Música que amasa el alma: Olivia y Jerónimo en el Guerrico
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El Salón Guerrico se llenó, y no solo de gente. Se llenó de música honesta, de silencios que abrigan, de risas suaves, de suspiros, de esa sensación que solo ocurre cuando la emoción se comparte. Fue una noche luminosa, protagonizada por Olivia y Jerónimo, ese dúo que no se encierra en etiquetas y que hace de cada presentación una experiencia sensorial y afectiva.

Músicos, docentes, compositores, viajeros, artesanos de lo cotidiano: Olivia y Jerónimo hacen todo con las manos, con el cuerpo, con el corazón. Lo suyo no es solo tocar canciones. Es crear desde el deseo, desde la escucha atenta, desde la necesidad de decir algo propio. Componen, arreglan, versionan sin copiar; cada interpretación lleva su sello. El repertorio que eligieron para Guerrico fue un recorrido por tangos que abrazan lo clásico con frescura, pero también por canciones que dialogan con el folclore, con el rock, con lo urbano, con lo cotidiano.

Hay una libertad profunda en su forma de hacer música. Se permiten mover las fronteras entre géneros sin pedir permiso. Y esa libertad se agradece. Cada tango suena a tango, pero también a ellos. Cada melodía tiene la potencia de lo vivido y la dulzura de lo compartido.

La calidad musical fue impecable, pero lo que más quedó flotando en el aire fue la calidez. En el escenario, Jerónimo con su guitarra criolla, generosa en matices, y Olivia marcando el pulso con un bombo legüero y su voz clara, envolvente. La combinación fue hipnótica: una armonía construida desde la sensibilidad y el equilibrio, sin necesidad de estridencias. No buscan deslumbrar, buscan conectar. Y esa conexión fue, quizás, lo que más celebró el público que llenó el salón: la cercanía profunda, sincera, entre quienes tocan y quienes escuchan.

Para quienes los conocieron por primera vez esa noche, el descubrimiento fue doble. Porque Olivia y Jerónimo no solo hacen música, también crean espacios. Desde hace nueve años sostienen un ciclo íntimo llamado “Cocino y Toco”, donde el arte y la comida casera se mezclan sin pretensiones. Pan amasado por ellos, platos que se comparten entre desconocidos, canciones que se escuchan a centímetros de distancia. En su casa, con reserva previa y “dirección secreta”, proponen una experiencia que rompe con la idea del artista lejano. Aquí se sirve, se charla, se canta y, muchas veces, se forjan amistades.

Ese espíritu de cercanía también se sintió en Guerrico. La emoción de estar tocando por primera vez en ese ciclo, para muchas personas que quizás los escuchaban por primera vez, fue evidente. No es fácil llenar ese salón, pero ellos lo hicieron. Y no por insistencia ni marketing, sino por lo que transmiten.
Hace cuatro años eligieron vivir en San Antonio de Areco. Llegaron con su hija recién nacida y con la intuición de que este lugar podía ser hogar. Se sintieron bien recibidos desde el primer día. Músicos locales, vecinos, espacios culturales: todo fue encuentro. Hoy no solo viven en Areco, también lo comparten, lo transitan con amor. Y por eso estar en el Guerrico, como los artistas que son, fue también un pequeño homenaje a esa comunidad que los abrazó.
Quienes quieran seguirlos, encontrarlos o simplemente dejarse llevar por su música, pueden hacerlo en redes como @oliviayjeronimo. Pero lo mejor es verlos en vivo. Porque su arte no está solo en lo que suena, sino en lo que se siente.





