Graciela Ramírez de Vélez: La primera banca femenina en la Democracia recuperada

Por Jimena Ruiz

La noticia de su partida me dejó sin palabras, presa de ese “síndrome de la página en blanco” que tantas veces mencionamos en periodismo. Pero sé que amaba la lectura, la escritura y sabría comprender este silencio.

Porque usted entendía que escribir no es apurarse. Es sentir, pensar, decantar… y recién después poner la tinta.

Bajo su mirada di forma a mis primeros párrafos desordenados.
Y hoy la despido escribiendo.

Graciela Ramírez de Vélez

Hay personas que pasan por una ciudad.
Y hay otras que la habitan con el alma.

Graciela Ramírez de Vélez fue de esas.

Profesora de Literatura, militante de la palabra, madre de muchos, defensora incansable de los animales y, sobre todo, formadora de generaciones que aprendimos con ella algo más que sintaxis y análisis literario: aprendimos sensibilidad.

Con ella aprendí a escribir mis primeras líneas.
Oraciones de adolescentes que todavía guardo.Quién sabe qué eran… tal vez torpes, tal vez ingenuas, pero eran nuestras. Y ella las leía como si fueran importantes. Como si cada palabra tuviera destino. Y lo tenía.

En aquellas elecciones históricas de 1983 fue electo por primera vez como Intendente el Dr. Teodoro Gerónimo Domínguez. Tres fuerzas políticas alcanzaron representación legislativa en ese Concejo, producto de la participación de 10.870 electores que devolvieron a San Antonio de Areco la vida democrática. En ese escenario, Graciela Ramírez de Vélez asumió como la primera mujer concejal electa del distrito. No fue un dato menor: abrió un camino que hasta entonces era solo para hombres.  

Compartió banca con Orlando Mario Pellegrini, Sabino Ernesto Celli, Eduardo Lain y Omar Cayetano Pomodoro. Del otro lado del recinto debatió ideas con referentes de la Unión Cívica Radical como Norberto Carlos Campodónico, Luis Mario Caracoche, Rubén Omar Cagnoni, José “Tata” Cheli, Luis Darío Laplacette, Ruberto Jesús de Lellis y Hugo Alberto Di Santo.

Eran tiempos fundacionales. 1983 no fue solo una elección: fue el regreso de la Democracia después de la noche más oscura. Y ella estuvo ahí. Con firmeza. Con convicción. Con la misma seguridad con la que entraba a un aula.

Celebró los 40 años de Democracia que ayudó a construir.

Pero si algo la definía no era el cargo. Era la dignidad.

Amaba a los animales con una pasión que no admitía grises. En una de las tantas entrevistas que le hice, me quedó grabada para siempre su frase: “Ojalá el Hogar Canino se funda, porque eso significaría que no hay más animales sin hogar, sin comida, sin refugio.”

Esa frase la retrata entera.
Soñaba con la desaparición de su propia lucha, porque eso implicaría que el problema ya no existe.

Qué clase de grandeza es esa, si no la del verdadero compromiso.

Siempre la quise. Mucho.

La quería cuando me corregía con firmeza. Cuando me hacía leer más de lo que tenía ganas. Cuando me invitaba a su casa o al Hogar y yo, a veces, no iba.

Se ponía un jean y sus botas de goma, las de meterse en el barro.
Y salía.

Al principio estaba sola a cargo del Hogar Canino. No había estructura, no había equipo, no había comodidades. Había decisión. Si veía un perro en situación de calle, lo subía a la camioneta. No importaba si ya no había lugar.

A veces los tenía en su casa días, semanas, meses, porque el hogar estaba lleno. Los cuidaba igual.

Después se sumaron ayudantes. Pero al comienzo fue ella. Sus botas embarradas, su camioneta, su convicción.

No eran botas de poder.
Eran botas de trabajo.

Y eso hace toda la diferencia.

Hace poco volvió a emocionar al pueblo en un gesto simple y profundo: ya mayor, entrando a votar. La aplaudieron. Y ella, con esa lucidez intacta, pidió honestidad en la política, pidió ética para las nuevas generaciones.

Hasta el final creyó en la Democracia.
No como palabra, sino como práctica.

Creo que no fui consciente de quién tenía enfrente.

Era joven. Miraba el mundo con la impaciencia de la adolescencia. No alcanzaba a dimensionar la historia que caminaba por el aula. No entendía del todo que esa mujer que me hacía reescribir una oración había sido parte de la reconstrucción democrática de mi pueblo.

Hoy, adulta, con otras batallas y otras responsabilidades, lo siento en la entraña.
Siento la magnitud. Siento el privilegio. Siento que tuve delante un ser enorme.

Y eso ahora se mezcla con orgullo.
Con tristeza.
Con una gratitud que duele.

Hoy, profesora, me pongo de pie.

Como lo hacía cuando usted entraba al aula.

Me pongo de pie por amor.
Por respeto.
Por orgullo.

Me pongo de pie porque la quise cuando era joven.
Y la admiro infinitamente ahora que soy adulta.

Ojalá pueda honrarla viviendo con la mitad de su integridad.

Y cada vez que alguien me abrace con orgullo por lo que soy, voy a saber que, en algún lugar, esa forma de amar empezó con usted.

Hasta siempre, profesora.

Que su coherencia me siga incomodando un poco.
Esa será mi manera de mantenerla viva.

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