¡Feliz Día, Bombero/a!
Foto: Favio Ferri hijo de César Ferri.
La mayoría de las veces no pensamos en los bomberos.
Y eso, en realidad, es una buena noticia.
Porque solemos recordarlos cuando algo salió mal.
Cuando hay fuego.
Cuando hay agua.
Cuando hay humo.
Cuando hay miedo.
Entonces aparecen.
Y quizás esa sea una de las formas más nobles de estar en una comunidad: no ser protagonistas de los días tranquilos, pero sí estar presentes en los días difíciles.
Aunque hoy vale la pena pensar también en algo de lo que casi nunca hablamos.
¿Cómo será ser la madre de un bombero?
¿Cómo será escuchar la sirena y saber que tu hijo está corriendo hacia un incendio mientras vos solo podés esperar?
¿Cómo será ser su pareja, despedirse con un beso apurado en medio de la noche y quedarse mirando por la ventana hasta que regrese?
¿Cómo será para sus hijos ver que papá o mamá deja la mesa servida, un cumpleaños o una película a medias porque alguien, en algún lugar, necesita ayuda?
Detrás de cada casco hay una familia que también sostiene.
Que también espera.
Que también siente miedo.
Porque la vocación del bombero no se vive solamente en el cuartel. Se vive en las casas, en las madrugadas interrumpidas, en los mensajes preguntando si está bien, en el alivio silencioso cuando la puerta vuelve a abrirse.
Quizás por eso el reconocimiento de hoy no debería quedarse solamente en quienes suben a la autobomba.
También es para quienes aprenden a convivir con la incertidumbre.
Para quienes entienden que hay personas que eligieron ponerse al servicio de otros y aceptan, con orgullo y con temor, compartir esa elección.
Porque ser bombero es una vocación extraordinaria.
Pero amar a un bombero también requiere una cuota enorme de valentía.
Y tal vez esa sea la parte menos visible de esta historia.
La que no suena con la sirena.
La que no sale en las fotos.
Los que esperan en casa.

